
Wilfredo Santiago Rodríguez nació el 9 de septiembre de 1945 en el barrio La Calzada de Ponce, uno de los sectores donde se ha documentado una amplia presencia de bailes de bomba y toques de plena en el área sur de Puerto Rico. “En La Calzada había cinco negocios y en los cinco negocios, y en todos esos negocios, se bailaba la bomba y la plena”, recuerda Santiago, quien desde los años cincuenta fue testigo directo de cómo se organizaban esos bailes.
Su descripción es muy detallada: Goyo Loreta, uno de los bomberos más conocidos de Ponce, encabezaba un grupo de apenas cuatro integrantes: dos barriles, un cuá y una maraca, quien también asumía el rol de cantadora. Entonces se negociaba con los dueños del local, como uno llamado Tassio Dávila, para que autorizara que se presentaran un sábado. El dueño del negocio se encargaba de alquilar un cajón público y de recoger, barrio por barrio (Guayanilla, Buyones, Tiburón, La Cuarta, La Alicia), a las bailadoras. Antes de tocar, los barriles se calentaban al fuego de una vela para afinar el cuero: “le ponían un pote con una vela; eso era para calentar el cuero”, cuenta Santiago. Cuando por fin sonaba la maraca de alguna de las cantadoras presentes, el grupo sabía qué ritmo tocar. La bomba, nacía de lo más cotidiano: “la bomba era improvisada, pero eran cosas que habían sucedido durante el día, durante la semana», como aquella pieza que decía “mi enemiga no tiene pelo… vete a la plaza y compra un sombrero”.
La música siempre estuvo presente en la vida de Ito Santiago: su abuela tocaba violín y cantaba, y su padre fue cantante del Conjunto Internacional de Quique Lucca (fundador de la Sonora Ponceña) y del Cuarteto Yumurí. “Yo me crié en un ambiente de música”, dice Ito, recordando los ensayos que se celebraban en su propia casa, donde conoció a músicos como Goyo Salas y el timbalero Ismael “Jalisco” Medina.
Su primer instrumento, sin embargo, llegó de manera inesperada y bastante lejos de su natal Ponce. En 1963, durante una visita a Nueva York, Santiago solía ir los sábados al Central Park, donde un grupo de Mayagüez tocaba plenas y rumba. Un día nadie se animaba a tocar el güiro: “había un güiro y nadie tocaba el güiro y yo nunca había tocado un güiro… uno de los músicos dijo, bueno, ¿quién toca el güiro?”. Santiago se atrevió y, aunque uno de los músicos luego comentó que el del güiro no era muy bueno, “pero que no había más nadie”, la experiencia lo marcó: compró su propio güiro en La Marqueta, ubicada en la calle 117, y se puso a practicar en su casa. Su primera oportunidad formal en Puerto Rico llegó en 1970, con un grupo formado en Bélgica y Sabanetas, tocando güiro y requinto.

El proyecto que definiría su vida, Bambalué, nació como un homenaje. Junto a Isabel, quien sería su compañera durante 52 años, Santiago organizó un tributo a Don Juan (Juan Rodríguez), un plenero de larga trayectoria a quien muy pocos reconocían. “Vamos a mover el folclore, vamos a conseguir pleneros y bomberos”, le propuso a Isabel. En ese momento quedaban pocos bomberos activos: William H. Archeval, Juan Alvarado “Juan Balao” (tío de Isabel) y Andrés “Comodín”. Consiguieron instrumentos gracias a un primo de Isabel, Justino “Junior Larry” Dávila, y buscaron quién les enseñara: el plenero Toribio Laporte, aunque no tocaba bomba, los remitió a su compadre Zico Mangual, quien aceptó enseñarles esa misma semana. El grupo original, que incluyó a músicos como Chico, Toño Rodríguez, Paoli y otros jóvenes de La Calzada, ensayó todos los días hasta su presentación en el homenaje.
El éxito de esa primera presentación les abrió puertas casi de inmediato: primero, una invitación a Peñuelas y después, en su primera actividad con remuneración en el Festival Jíbaro del barrio el Coquí, en Salinas, donde, por sugerencia de Luis Santiago, subieron su tarifa original de $150 a $400 para poder comprar el vestuario que necesitaban. Bambalué fue fundado oficialmente el 14 de septiembre de 1979 y, de ahí en adelante, el grupo se presentó en toda la isla, incluidos los pueblos de Vieques y Culebra. En 1981, el Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP), bajo el liderazgo de su entonces director ejecutivo, Elías López Sobá, le otorgó a Bambalue una puntuación perfecta en la evaluación que realizaba para integrar a los grupos en su programa de música.

Además de músico, Santiago es tonelero: aprendió el oficio trabajando junto a otros diez o doce toneleros, destreza que después aplicó a la construcción de sus propios barriles. De ese conocimiento nació una de sus contribuciones más singulares a la tradición: un barrilito montado sobre un stand, pensado específicamente para tocar el cuá sin desgastar los barriles. “Eso lo creé yo, que lo puedo decir a boca abierta, que eso nadie lo tenía. Aquí los Ayala tocaban así con el barril parado, los Cepeda y los demás eran así. No tenían eso», afirma con mucho orgullo. Ese mismo conocimiento lo llevó a tejer lazos con otras regiones: cuando Bambalue llegó por primera vez a Mayagüez, no existía allí un grupo de bomba activo. Fue en ese viaje cuando conoció a don Félix Alduén y a Juan Nadal, con quienes construyó una amistad de años. Santiago llegó incluso a regalarle a don Félix un barril hecho con sus propias manos para que este pudiera fundar su propio grupo.
Isabel, nacida en el barrio Vega, era hija de músicos, cantadoras y bailadoras y llegó a La Calzada a los catorce años tras la muerte de su padre. Santiago la conoció cuando ella tenía 23 años y él apenas 15, e inició con ella una vida en común que duró 52 años y dio origen tanto a Bambalue como, décadas más tarde, a la Escuelita de Bomba y Plena que hoy continúa en Ponce junto a José Luis Archeval.
Hoy, con 80 años, la principal preocupación de Santiago es la falta de bailadores varones en la escuelita, una limitación que, según explica, frena el crecimiento del grupo, ya que, en la tradición ponceña, es el hombre quien baila frente al barril. Su definición de legado es sencilla y directa: “el legado es que la tradición de esto no se pierda… necesitamos bailadores, especialmente”. Y su disposición a enseñar sigue intacta: está dispuesto a compartir su oficio de tonelero, incluso por teléfono, como hizo una vez con un interesado de San Lorenzo, con cualquiera que se acerque con verdadero interés.
Por Javier J. Hernández Acosta