
Dentro de la tradición de nuestras músicas afropuertorriqueñas hay muchas dinámicas de enseñanza-aprendizaje. Algunos siguen la experiencia tradicional de tener un maestro que encamina todo el proceso y, en otros casos, toca construirse su propio camino, escuchando, descifrando, aplicando y reproduciendo lo aprendido. Esta fue la experiencia de Archi, quien hoy lidera la Escuela de Bomba y Plena Isabel Albizu en Ponce.
José Luis Archeval Rodríguez nació el 20 de enero de 1961 en el barrio Bélgica de Ponce, donde vivió toda su niñez y juventud. Era el menor de cuatro hermanos, hijo de un mecánico que trabajaba de lunes a domingo y de una maestra. En su casa no había músicos, salvo su hermano mayor, guitarrista y fanático del rock, con quien compartía cuarto y, por extensión, la música que sonaba toda la noche. “Eso me ayudó a expandir la frontera en cuanto a la música se refiere”, recuerda Archeval, quien hoy asegura que disfruta de cualquier género con tal de que haya un instrumento real detrás: “Me gusta el instrumento, porque por el instrumento es que el músico se expresa; ahí está la expresión del músico”.
Su acercamiento a la percusión, sin embargo, no vino de un salón de clases, apenas duró un año en el Instituto Juan Morel Campos, pues el baloncesto competía por su tiempo y terminó ganando esa batalla, sino del propio barrio. Bélgica, en los años setenta, era un lugar bullicioso: velloneras en cada esquina y salsa a todo volumen, hasta el punto de que Archeval tenía que acostarse temprano y levantarse luego de las 3:00am para poder estudiar en silencio. En ese ambiente, siempre tuvo “un tamborcito en casa”, ya fuera un bongó, un pandero o algo improvisado.

El contacto directo con la bomba, sin embargo, fue muy limitado durante su juventud. Durante su desarrollo, la generación de bomberos ponceños de los años sesenta y anteriores, entre ellos William Archeval, pariente lejano de su familia (“los Archeval en ese tiempo eran una cepa”), ya se estaba apagando: William estaba enfermo y ciego, y, con él y otros como él, se fue extinguiendo buena parte de esa práctica cotidiana de la bomba sureña. Lo que sí sonaba, casi a diario, era la plena en las llamadas «rumbas de esquina». Una de esas primeras conexiones con el tambor fue a través de un señor conocido como Mayagüez, cuya costumbre de caminar frente a la casa de su padre tarareando con el pandero, marcó a Archeval desde muy niño.
Pero el aprendizaje decisivo, el que Archeval identifica como el origen de sus primeros golpes de tambor, ocurrió de forma casi clandestina, en un patio colindante con el de su casa. Allí, un vecino cuyo nombre no se menciona, pero a quien Archeval recuerda con nitidez, organizaba descargas en su marquesina casi a diario. El niño Archeval bajaba, daba la vuelta y se quedaba mirando desde la distancia, porque en ese tiempo “un chamaquito no se podía sentar en un tambor así algarete”; había que ganarse ese lugar. Y de ahí, en silencio, pero con mucha concentración, absorbía lo que veía. El vecino jamás se enteró de que lo estaba enseñando. Años después, ya adulto, ese hombre escuchó a Archeval mencionar la anécdota en una entrevista; lo llamó por teléfono y le preguntó: “¿Cómo andas con lo que yo te enseñé?” Archeval le respondió con lo que hoy repite como una de sus certezas: “Tú no me enseñaste; yo aprendí de ti, que es diferente”. Mientras tanto, en casa, Archeval practicaba durante horas en una conga prestada: “Me quedaba ahí dos horas dándole a eso, pero de ahí surgió algo”.
Sus inicios en un contexto mucho más profesional comenzaron de la mano de Roberto Teixeira y los Pleneros del Barrio, donde empezó tocando el requinto, muy a pesar de su timidez: “yo soy un tipo bien, bien introvertido”. De ahí pasó por Bambalué, Baramaya, con el grupo Rumbacuembé de Ricky Soler y con Sabor a Plena, entre otros. Con Bambalué, el grupo fundado por Isabel (“Isa”) y Wilfredo “Ito” Santiago, vivió una de las anécdotas que más recuerda: una presentación en Camuy en la que el único barril disponible amaneció con el cuero rajado y, aun así, tocaron toda la noche con ese cuero roto.
Tras la muerte de Isabel, hacia 2012 o 2013, Bambalué dejó prácticamente de ensayar. Fue ese vacío el que llevó a Archeval a fundar, en el 2013, su propia escuelita en la Placita 65 de Infantería, en La Playa de Ponce, enseñando bomba a un grupo de jóvenes que originalmente estaban interesados principalmente en la plena. Uno de sus primeros y más fieles estudiantes fue don Tricoche, un taxista que hoy tiene 82 años y sigue activo. “Ese señor se quedaba conmigo hasta las once de la noche”, recuerda Archeval, quien insiste en que enseña con el mismo entusiasmo, sin importar cuántos estudiantes tenga: «Si hay una persona, aunque sean cien, con una persona yo te voy a enseñar con el mismo entusiasmo”. De la Placita, la escuelita pasó a la Logia Faro de la Marina, luego al Centro Cultural Carmen Solá de Pereira, en el casco urbano, y hoy funciona en el Instituto de Música Juan Morel Campos, con el respaldo del municipio.

Archeval también ha dedicado parte de su labor a rescatar particularidades de la bomba sureña, como la construcción de toneles, una destreza que, admite, ya no es tan sencilla a sus 60 años como lo era a los 20, y el baile colectivo, en el que todo el público entra al batey en lugar de que una sola persona baile frente al tambor. Esa apertura hacia lo colectivo, dice, “les quita ese miedo” a quienes se inician. Su vínculo con la música contemporánea tampoco se ha detenido: colabora con el cantante Juan Riestra y los Bohiques, quienes, según cuenta Archeval, son quienes piden incorporar la bomba en sus canciones, como ocurrió con el tema “Agua de la Libertad”.
Su consejo para las nuevas generaciones resume su filosofía: mirar hacia atrás, conocer a quienes vinieron antes y aferrarse al fundamento: cuá, maraca y, solo después, el tambor. Le preocupa, dice, que “hay más gente que nunca tocando bomba, pero no hay bomberos”. Para él, la disciplina no es un capricho, sino la manera de asegurar que lo aprendido perdura: «Cuando lo aprendes con la base bien afincada, es más difícil que se corrompa».
Por Javier J. Hernández Acosta