Francis Mercier y el legado de Moperc

Francis Mercier se define como «100% canadiense, pero de corazón latino». Nació el 4 de junio de 1985 en Sainte-Agathe, un pueblo al norte de Montreal, en la provincia de Quebec. Hoy es el dueño de Moperc, uno de los pocos talleres artesanales de congas que quedan en el mundo. Su llegada a los tambores empezó con un viaje en carro, pasó por un cajón de flamenco y por las calles de La Habana, y terminó en la fábrica de un hombre que, sin ayuda de nadie, había aprendido  a doblar la madera.

La música le vino de la familia. Su padre tocaba guitarra flamenca, algo poco común en su pueblo, y eso abrió la casa a la música del mundo, al jazz y a la música clásica. De su madre heredó las ganas de viajar. Tras un año de preparación, la familia cruzó en carro todo Estados Unidos y México y se quedó ocho meses en Puerto Morelos, Quintana Roo. Allí Francis aprendió español «desde el primer día». Su primer instrumento fue un cajón que su padre le construyó, «bien básico», para acompañar clases de baile flamenco. Su hermano, baterista, le enseñó los primeros rudimentos.

Cuba y la búsqueda de la técnica

La música de Buena Vista Social Club lo llevó a Cuba. «Le dije a mi hermano: deberíamos ir a Cuba para aprender.» En 2004 llegaron a La Habana con un método de Frank Malabé para llevar la percusión afrocubana a la batería y buscaron profesores en la calle. Cuando los Afro-Cuban All Stars pasaron por Montreal, Francis llegó temprano a la prueba de sonido para conocer a los músicos. Así consiguió contactos que después lo recibieron en La Habana.

De vuelta en Canadá, descubrió los videos de Giovanni Hidalgo y Changuito, que tenía que encargar en formato VHS. «Cuando vi lo de Giovanni Hidalgo, dije: ¿y esto qué cosa es?». Se dio cuenta de que la conga tenía una técnica que él, formado «de una manera muy callejera», no había aprendido. Quiso tocar con un tambor como el de los videos y compró el más barato que encontró:

«Llego a mi casa, pongo el video y trato de afinar aquello, y cuando le doy digo: pero cómo esta gente le saca este sonido, pum pum, y yo, puin puin. Lo siento, pero no sonaban como debería sonar».

En su segundo viaje a Cuba vivió en casa de su profesor y tomaba clases cinco días a la semana. Al regresar, se comunicó con Michel Ouellet, fundador de Moperc, y fue con su padre a visitar la fábrica. Allí encargó su primera conga. Michel dirigía una orquesta de música cubana y con ella Francis tocó por primera vez en vivo con una orquesta completa, con metales. De esa amistad saldría, años después, la compra de la compañía.

Michel Ouellet y la búsqueda el aprendizaje

Michel empezó a finales de los años 80 interesado en la percusión africana. Su primer tambor fue un djembe tallado a partir de un tronco. Vivía en un pueblito de unas 150 personas entre Montreal y Quebec, sin internet ni modelos a los que mirar. Después del tambor enterizo pasó a las duelas y fabricó bongós. La conga se le resistió: después de doblar la madera al vapor, no sabía cómo apretar y pegar las duelas curvas. Las dejó en un rincón durante un año hasta que llegó la pista:

«Alguien le trajo un periódico, creo que de Nueva York, con un artículo sobre Skin on Skin, y en la foto, atrás, se veía como una prensa para pegar las congas. Michel le dijo: ‘Dame acá, yo me voy a quedar con ese periódico’. El hombre no se lo quería dejar; tuvo que insistir y al final se quedó con la foto».

Con esa imagen hizo su primera conga. Según Francis, desde el principio la calidad fue altísima: «Tengo congas hechas por Michel hace 30 años y congas de la mayoría de los otros fabricantes del mundo, y puedo decir que las de Michel tenían la misma y hasta una calidad superior».

Heredar un oficio, transformar un negocio

Michel quería retirarse, pero cada vez que lo anunciaba, «lo inundaban de comandas». Francis resume así el dilema del pequeño taller: «Un negocio artesanal depende casi 100% del artesano mismo. Si el artesano no está, el negocio cierra». Michel pensaba vender las herramientas y dejar morir la marca, pero Francis insistió en conservar el nombre: «Ya hay un reconocimiento y el nombre está bien bonito».

Aprendió a fabricar «de la A a la Z» y se dedicó a sistematizar la producción. Junto a su compañero de taller, Michael, creó una herramienta con la que cada pedido recorre todos los departamentos sin errores. Montó una tienda en línea, vació el libro de órdenes y fue estricto con la oferta: de tres modelos de orejas pasó a uno solo. La marca encontró su lema, The Sound of Passion: «el sonido de la tradición, el sonido de Anthony Carrillo, de Poncho Sánchez, un sonido puro y verdadero».

Hay espacio para lo nuevo. Su padre empezó a pintar congas de colores vivos, y Francis dudó en mostrarlas al público hasta que su amigo Joey Sevilla vio una y dijo: «Yo quiero eso».

El más joven de un oficio que se va perdiendo

«El 99% del mercado es producido en masa en Asia», reconoce, sin criticarlo: responde a una demanda que los artesanos no pueden cubrir. Pero trabajar el hierro y la madera «ya no está de moda», y los constructores que quedan son de otra generación. «Tengo 37 años y creo que soy el más joven. Es un orgullo, y es una tradición que se puede perder».

Puerto Rico: un sueño realizado

Puerto Rico estuvo en la historia de Francis mucho antes de su primera visita. Una de sus primeras referencias técnicas fue Giovanni Hidalgo, y cuando define el sonido de Moperc nombra a Anthony Carrillo. Para él, estas tradiciones de tambor «vienen de países como Puerto Rico, Cuba».

Pisar la isla fue «un sueño realizado»: «Estar aquí, compartiendo con muchos músicos y aprendiendo sobre la cultura de toda la diáspora afrocaribeña y afropuertorriqueña». Llegó con un proyecto pendiente. Antes del viaje, había construido su primer barril de bomba, pero no quiso anunciarlo todavía: «Necesitaba venir a Puerto Rico para aprender más sobre eso, intercambiar con otros artesanos y con varios músicos que son expertos». Visitó varios lugares y sigue «captando toda la información» para «tener una mejor idea de lo que estoy haciendo».

En la isla conversó con el artesano Papo del Valle y descubrió que los dos habían llegado por su cuenta a técnicas parecidas: «Nos entendemos muy bien, porque rápidamente estamos hablando de cómo uno hace las cosas. No es una cuestión de que te voy a robar tu idea o voy a competir contigo; es más como intercambiar». También notó que las congas pintadas por su padre llaman la atención aquí: «En Puerto Rico a la gente le gustan esos colores; tienen una onda caribeña».

Después de tantos viajes a Cuba, el idioma y la forma de ser caribeña son «parte de mi vida». Casado con una cubana y padre de una hija canadiense-cubana, dice sentirse en casa: «Me siento muy bien recibido por el pueblo y realmente muy agradecido. Muchas gracias, Puerto Rico».

A otros artesanos les deja un consejo: «Mantener una mente abierta a los consejos, pero siempre siguiendo su corazón y sus ideas. Ser receptivo a la crítica y a colaborar es una forma de estar al día y de evolucionar».

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Agradecimiento

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